Había una vez un hombre que un día no tuvo más sueño. Quería dormir, pero no podía, y eso que siempre había dormido bien.
Cuando cerraba los ojos, no dejaba de pensar en la mirada triste de los niños que se apiñaban junto a la puerta de la casa donde vivía y trabajaba.
Era un hombre bueno al que le gustaba su profesión y que había sido educado para obedecer las órdenes de sus superiores, dondequiera que estuviese. Nunca le había pasado por la cabeza la posibilidad de algún día quebrar esa regla. Esta historia es verdadera y sucedió pocos...