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sábado, 14 de abril de 2018

EL REY RANA

En aquellos tiempos lejanos en los que bastaba desear una cosa para conseguirla, vivía un rey que tenía unas hijas muy guapas, especialmente la pequeña, tan hermosa que hasta el Sol se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha.
Junto al palacio real se extendía un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, brotaba un manantial.
En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque a sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría jugaba con una pelota de oro, que tiraba al aire para recogerla después; era su juguete favorito. Una vez, en lugar de caer en su mano, la pelota fue a dar al agua. La princesa la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo que no se alcanzaba a ver su fondo. La niña se echó a llorar, y lo hacía cada vez más fuerte, sin consuelo, cuando en medio de sus lamentaciones oyó una voz que decía:
-¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras tanto que vas a ablandar las piedras!
La niña miró a su alrededor, buscando de dónde venía la voz, y descubrió por fin una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota sobre la superficie del agua.
-¡Ah! ¿Eres tú, vieja saltarina? -dijo-.  Pues lloro por mi pelota de oro, que se me ha caído en la fuente.
-Cálmate y llores más -replicó la rana-. Yo puedo arreglarlo. ¿Pero qué me darás si te devuelvo la pelota?
-Lo que quieras, mi buena rana -respondió la niña-. Mis vestidos, mis pelas y piedras preciosas; hasta la diadema de oro que llevo.
-No me interesan tus vestidos, ni tus piedras preciosa, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a aceptarme como amiga y compañera de juegos, si dejas que me siente a tu lado en la mesa y que coma de tu platito y beba de tu vasito, si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré tu juguete.
-¡Oh, sí! -exclamó la niña-. Te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.
Pero, para sus adentros, la princesita pensaba: "¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estar en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo va a convivir con las personas?"
Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir con la pelota en la boca. La soltó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver de nuevo su juguete, lo recogió y echó a correr con él.
-¡Espera, espera! -exclamó la rana-.
¡Llévame contigo, no puedo alcanzarte, no puedo correr tanto como tú!
Pero de nada sirvió desganitarse, y gritar "croac, croac" con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus súplicas, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, que no tuvo más remedio que zambullirse en su charca.
Al día siguiente, la princesita estaba a la mesa, junto con el rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, cuando oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol del palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta.
-¡Princesita, la menor de las hermanas, ábreme!
La niña corrió a la puerta para ver quién llamaba y al abrir se encontró con la rana. Cerró de un portazo y volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el rey cómo le latía el corazón, le dijo:
-Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?
-No -respondió ella-. No es un gigante, sino una rana asquerosa.
-Y ¿qué quiere de ti esa rana?
-¡Ay padre querido! Ayer estaba jugando en el bosque, junto a la fuente, y se me cayó la pelota al agua. Mientras yo lloraba la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera, pero jamás pensé que pudiese  alejarse de su charca. Ahora está ahí fuera y quiere entrar.
Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:
-"¡Princesita, la más niña, abréme! ¿No recuerdas lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente?
Dijo entonces el rey:
-Lo que prometiste, debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.
La niñá fue a abrir la puerta, y la rana saltó adentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó:
-¡Súbeme a tu silla!
La princesa vacilaba, pero el rey la ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella dijo:
-Ahora, acércame tu platito de oro para que podamos comer del mismo lugar.
La niñá hizo como la rana le ordenó, pero a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Por fin, la rana exclamó:
-¡Estoy llena y cansada! Quisiera dormir un rato en tu camita de seda.
La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío y viscoso al que ni siquiera se atrevía a tocar, y ahora se empeñaba en dormir en su cama.
Pero el rey, enfadado, le dijo:
-No debes despreciar a quien te ayudó cuando estabas necesitada.
La tomó con los dedos, la llevó arriba y la dejó en un rincón. Pero cuando la princesa ya se había acostado, se acercó la rana a saltitos y exclamó:
-Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú, conque súbeme a tu cama o se lo diré a tu padre.
A la princesa se le acabó la paciencia. Cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared.
-¡Ahora descansarás, rana asquerosa!
Pero en cuanto la rana cayó al suelo, se convirtió en un príncipe, un apuesto mozo de bellos ojos y dulce mirada. El rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Contó entonces a la princesa que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía sacarlo de la charca y desencantarlo. Le dijo también que al día siguiente se marcharían a su reino.
Por la mañana llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de plumas de avestruz y cadenas de oro. En él se fueron los dos al reino del príncipe, donde vivieron muchos años felices.
 Fuente: https://muchoscuentos.jimdo.com/cuentos-cl%C3%A1sicos/el-rey-rana/

viernes, 18 de noviembre de 2016

Cuento navideño para niños de Dickens

Este cuento de Navidad fue escrito por Charles Dickens en 1843 y llevó el título original de Christmas Carol (cántico de Navidad) y cuenta la historia de un hombre malvado y huraño cambia su forma de ser durante unas frías navidades debido a la visita de tres fantasmas.
Es un cuento navideño perfecto para educar a los niños en el valor de la amabilidad y la generosidad.
Cuento de Navidad de Dickens
Ebenezer Scrooge era un empresario y su único socio, Marley, había muerto. Scrooge era una persona mayor y sin amigos. Él vivía en su mundo, nada le agradaba y menos la Navidad, decía que eran paparruchas. Tenía una rutina donde hacía lo mismo todos los días: caminar por el mismo lugar sin que nadie se parara a saludarlo. Era víspera de Navidad, todo el mundo estaba ocupado comprando regalos y preparando la cena navideña. Scrooge estaba en su despacho como siempre con la puerta abierta viendo a su escribiente, que pasaba unas cartas en limpio, y de repente llegó su sobrino deseándole felices navidades, pero este no lo recibió de una buena manera sino al contrario, su sobrino le invitó a pasar la noche de Navidad con ellos, pero él lo despreció diciendo que eso eran paparruchas. Su escribiente llamado Bob Cratchit seguía trabajando hasta tarde aunque era noche de Navidad, Scrooge le dijo un día después de Navidad tendría que llegar mas temprano de lo acostumbrado para reponer el día festivo.

Scrooge vivía en un edificio frío y lúgubre como él. Cuando ya restaba en su cuarto algo muy raro pasó: un fantasma se le apareció, no había duda de quien era ese espectro, no lo podía confundir, era su socio Jacobo Marley le dijo que estaba ahí para hacerlo recapacitar de cómo vivía porque ahora él tenía que sufrir por la vida que había tenido anteriormente. Le dijo que en las siguientes noches vendría 3 espíritus a visitarlo.

En la primera noche, el primer espíritu llegó, era el espíritu de las navidades pasadas, éste lo llevo al lugar donde él había crecido y le enseñó varios lugares y navidades pasadas, cuando él trabajaba en un una tienda de aprendiz; otra ocasión donde estaba en un cuarto muy sólo y triste y también le hace recordar a su hermana, a quien quería mucho.
A la segunda noche el esperaba al segundo espíritu. Hubo una luz muy grande que provenía del otro cuarto, Scrooge entro en él, las paredes eran verdes y había miles de platillos de comida y un gigante con una antorcha resplandeciente, era el espíritu de las navidades presentes. Ambos se transportaron al centro del pueblo donde se veía mucho movimiento: los locales abiertos y gente comprando cosas para la cena de Navidad. Después lo llevo a casa de Bob Cratchit y vio a su familia y lo felices que eran a pesar de que eran pobres y que su hijo, el pequeño Tim estaba enfermo. Finalmente lo lleva a la casa de su sobrino Fred donde vio como gozaban y disfrutaban todos de la noche de Navidad comiendo riendo y jugando. Después de esto regresó a su cuarto.
A la noche siguiente, esperaba al último espíritu, pero este era oscuro y nunca le llegó a ver la cara. Era el espíritu de las navidades futuras, quien le mostró en la calles que la gente hablaba que alguien se había muerto. Después lo llevó a un lugar donde estaban unas personas vendiendo las posesiones del señor que había muerto, y también le enseñó la casa de su empleado Bob donde pudo ver que su hijo menor había muerto y que todos estaban muy tristes. Por último, lo llevó a ver cadáver de este hombre que estaba en su cama tapado con una sabana, y al final, le descubrió quien era el señor que había muerto… Era él mismo, Ebenezer Scrooge.
Cuando el despertó se dio cuenta que todo había sido un sueño y que ese día era día de Navidad, se despertó con mucha alegría, le dijo a un muchacho que vio en la calle que fuera y comprara el pavo mas grande y que lo mandara a la casa de Bob Cratchit. Salió con sus mejores galas muy feliz porque podía cambiar y se dirigió a casa de su sobrino, al llegar lo saludó y le dijo que había ido a comer y estuvo con ellos pasándosela muy bien. Al día siguiente en la mañana le dio a su trabajador un aumento y desde entonces fue un buen hombre a quien todos querían. El hijo menor de Bob, el pequeño Tim, grita contento. ¡Y que Dios nos bendiga a todos!
FIN

fuente:http://www.guiainfantil.com/articulos/navidad/cuentos/cuento-corto-de-navidad-para-ninos-de-charles-dickens/

sábado, 22 de octubre de 2016

Un chocolate muy especial. 

Un cuento sobre la tolerancia

- Mami, mami, hoy llegó una niña nueva a la escuela.
- Que bien cariño, ¿Jugaste con ella?
- No mami, la mordí.
- ¿La mordiste? pero, ¿por qué lo hiciste?, la niña nueva estará muy triste.
- Mami, yo quería probarla.
- ¿Probarla?
- Si mami, la niña nueva es de chocolate y otros niños la llamaron negra.
- ¿De chocolate?, ¿Negra? ¡Oh! Cariño ya entiendo. Ven, acércate, siéntate junto a mi, quiero contarte una historia.
Un chocolate muy especial. Cuentos para niños
Mira hace muchos años, en un país muy lejano existía una pequeña aldea en la que sus habitantes vivían muy tristes, porque el Sol cada día brillaba tan fuerte que solo les quedaba la noche para poder salir fuera de sus casas. Los niños no podían ir a la escuela, los papás no podían ir al trabajo...
- Pero mami, hoy también brillaba el Sol fuerte y fuimos a la escuela...
- Tienes razón cariño, pero fíjate, escucha...
En aquella aldea además de brillar muy fuerte el Sol, quemaba tanto, que los campos estaban sin flores, los ríos se secaban y si sus rayos tocaban en la piel de los aldeanos les producía unas quemaduras terribles. Entonces un día una niña pequeña como tú, le dijo a su mamá:
- Mami, esta noche buscaré al Señor Sol y le pediré por favor que deje de quemar nuestros campos, de secar nuestros ríos y de dañar nuestra piel. Él no me da miedo, la noche me protegerá y yo me cubriré muy bien.
La niña subió muy despacito una gran montaña esperando sin miedo a que el Señor Sol apareciera en el horizonte.
- ¡Señor Sol, Señor Sol!
- ¿ Quién me despierta tan temprano?, Aún no ha amanecido - La voz del Señor Sol era un poco ronca pero la niña no se asustó y continúo llamándole...
- ¡Señor Sol, Señor Sol por favor deje de quemar a mi pueblo!
Entonces el Señor Sol abrió sus brillantes y grandes ojos sorprendiéndose al ver a una niña pequeña envuelta en telas de muchos colores, despertándole tan temprano.
- ¿Qué haces aquí pequeña?¿Por qué llevas esas telas?, apenas puedo verte. ¿No tendrías que estar en la escuela? - Le preguntó El Señor Sol un poco disgustado -
Entonces la niña le explico con todo detalle el motivo de su visita.
- Si me quito estas telas, quemarás mi piel clara y me dolerá mucho - El Señor Sol se quedó muy pensativo y transcurridos unos minutos a los que la niña espero pacientemente le dijo: - Eres muy valiente, y tienes un gran corazón porque no solo has venido por ti, así que voy a hacerte un regalo. 
Buscó en un bolsillo de su gran bola radiante, sacando de él unos saquitos que entregó a la niña diciéndole: - Mira, dentro de estos saquitos hay unos pequeños escudos mágicos que protegerán tu piel y a todos los habitantes de tu aldea. Tu piel se oscurecerá y estará siempre protegida contra mis fuertes rayos. Para tus campos y tus ríos, mandaré a mis amigas las nubes para que preparen las estaciones de las lluvias y no se olviden de tu aldea.
La pequeña agradeció al Señor Sol todos sus regalos y marchó rápido hacia la aldea. Al día siguiente, todos los habitantes de la aldea habían puesto ya en su piel los pequeños escudos mágicos que les protegerían de los fuertes rayos solares. Su piel se oscureció, ¡estaban radiantes! Y la aldea volvió a la normalidad.
- Mami, entonces, ¿mi amiguita viene de un país lejano?. - Seguramente cariño, sus abuelitos o sus antepasados vinieron de lugares donde el Señor Sol quema mucho y una fina capa de su piel se oscurece para protegerles. Por eso tu pensaste que tu amiguita era de chocolate.
- Gracias mami, mañana le daré muchos besitos a mi nueva amiga, le pediré perdón y jugaremos juntas. Sabes mami, su cara estaba radiante.
Tomado de http://www.guiainfantil.com/articulos/ocio/cuentos-infantiles/un-chocolate-muy-especial-un-cuento-sobre-la-tolerancia/

viernes, 20 de febrero de 2015

                         LA OVEJITA MUMI

El miércoles en la mañana estaban Momi y Mumi, dos ovejitas 
muy simpáticas, esperando a su mama, la señora Lalita, mientras esperaban Momi le decía a Mumi – Le voy a decir a mi mamá que tu tuviste la culpa para que te regañe –
La señora Lalita siempre  se encargaba de que Mumi hiciera los quehaceres de la casa y  atendiera a Momi, mientras que él  solo  jugaba por los campos y  hacía muchas travesuras.
Un día  en la escuela  les dejaron un trabajo sobre la  igualdad y los derechos, Mumi le dijo a su mamà – Mami  en la escuela me enseñaron que los niños también pueden ayudar en la casa y tu no le das tareas a Momi -  La señora Lalita estaba  escuchando a Mumi cuando tocaron a la puerta. Se levantaron y fueron a abrir y era el Señor Gruñón que era el cuidador de los corrales.
_ ¡Señora ¡ Debe tener más cuidado con su hijo, hizo muchos destrozos
Es un chico muy mal educado, usted debería  darle tareas en casa para que  no haga tantas travesuras, si usted no le llama la atención,¡¡ tomare otras medidas!! -
A pesar de que Mumi y el Señor  Gruñòn hablaron  con  la Señora Lalita, Momi seguía haciendo desastres, hasta que un dìa  mientras Mumi  limpiaba la casa, Momi destrozo los corrales de la granja y   todos los animales se salieron y rompieron los costales de maíz.
El señor gruñòn  volvió con la señora Lalita y le dijo – Se lo advertí, su hijo  tendrá que  reparar y trabajar en la granja – La señora Lalita le contestó –No se preocupe, Mumi lo reparara - . Entonces el Señor Gruñón muy indignado le dijo – Esta muy equivocada, Momi lo hizo y el trabajara, usted debería sentirse avergonzada de no tratar por igual a sus hijos, Mumi tiene derechos y debe ser respetada, debe darle  tiempo para ella  y   responsabilidades a Momi- La señora Lalita reflexiono, se dio cuenta de su error, se disculpo con Mumi y a partir de ese día, las labores de la casa son compartidas por los tres y vivieron muy felices en la granja                

sábado, 2 de noviembre de 2013

El hombre que no tenía más sueño

Había una vez un hombre que un día no tuvo más sueño. Quería dormir, pero no podía, y eso que siempre había dormido bien.

Cuando cerraba los ojos, no dejaba de pensar en la mirada triste de los niños que se apiñaban junto a la puerta de la casa donde vivía y trabajaba.
Era un hombre bueno al que le gustaba su profesión y que había sido educado para obedecer las órdenes de sus superiores, dondequiera que estuviese. Nunca le había pasado por la cabeza la posibilidad de algún día quebrar esa regla. Esta historia es verdadera y sucedió pocos días antes de que comenzara el verano de 1940.
Todavía vive mucha gente que se acuerda bien de ese hombre y de todo lo que él hizo al dejar de pensar en sí mismo para pensar en cómo ayudar y salvar a los otros. Ese hombre era diplomático y nació en el norte de Portugal. Se llamaba Arístides de Sousa Mendes, era casado y tenía varios hijos.
Su carrera como cónsul lo llevó a la ciudad francesa de Burdeos, adonde le llegaron las primeras noticias del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército alemán atacó Polonia e Inglaterra se opuso a esa agresión, en defensa de la libertad y la democracia, declarando que se enfrentaría con las armas a los atacantes.
Nuestro hombre era una persona de bien que defendía la paz. No podía aceptar la idea de que alguien fuera perseguido, torturado y asesinado sólo por tener ideas políticas diferentes u otra religión. Lo habían educado para la tolerancia y por ello respetaba los derechos de los demás.
A medida que las fuerzas alemanas invadían países como Bélgica u Holanda y se aproximaban a la frontera francesa, llegaban a Burdeos refugiados de las naciones ocupadas, buscando un visado en el pasaporte que les permitiera llegar a España y después a Portugal, para en Lisboa coger un avión o un barco hacia países como Estados Unidos, Brasil o Argentina, donde no había guerra. Portugal y España estaban gobernados por dictadores como Hitler, el amo de Alemania, y se mantuvieron siempre al margen de la guerra, aunque durante mucho tiempo apoyaron a los alemanes y a lo que ellos representaban.
El hombre quería dormir, pero no podía. Le resonaban en la cabeza las voces de los niños con hambre y sed, que, al igual que sus propios hijos, tenían derecho a vivir y crecer en libertad. De Lisboa, el cónsul portugués había recibido órdenes muy rigurosas para que no dejara llegar refugiados a Portugal.
Pensó y repensó, lo consultó con su mujer y escribió una larga carta a sus hijos explicando lo que iba a hacer y por qué. Se asomó a la ventana y vio en los ojos de los niños una sonrisa fugaz que representaba el último resto de esperanza. Por ellos valdría la pena arriesgarse. Por ellos y por los principios que defendía.
Así fue que la palabra “desobediencia” entró definitivamente en su vocabulario. Mandó abrir las puertas del Consulado de Portugal y entregó a los funcionarios sellos y estampillas para que pudieran emitir el mayor número de visados posible. A partir de ese momento, sería una batalla sin tregua contra el tiempo. Cada minuto contaba. Cada día parecía eterno.
Durante tres días nadie tuvo descanso en el Consulado, pero hasta hubo tiempo para darles agua y comida a los que en filas larguísimas esperaban en la puerta, con la esperanza de que la pesadilla por fin terminara.
En la radio se escuchaban las noticias de la rendición de Francia, lo que significaba que faltaba muy poco para que el ejército de Hitler llegara también a Burdeos, persiguiendo y arrestando judíos y opositores políticos del régimen nazi. Era necesario trabajar aún más de prisa.
El cónsul logró ir a las ciudades de Bayona y Hendaya, donde había un gran número de refugiados que intentaban atravesar la frontera con España. Arístides de Sousa Mendes tenía conciencia de que desobedecer las órdenes de Lisboa tendría consecuencias desastrosas para su futuro y el de su familia. Pero no volvió atrás: sabía que la razón estaba con él y no estaba dispuesto a abdicar de esa razón, que significaba la salvación de miles de vidas.
–Mamá, tengo hambre y sed, y quiero salir de aquí -decía una niña austríaca a su madre pálida y exhausta.
–Tal vez mañana por la mañana ya podamos estar en camino a la libertad, porque allí dentro hay un hombre bueno dispuesto a ayudarnos.
El hombre no se dejó vencer por el cansancio, ni por el sueño, el hambre o la sed. La vida de otros estaba en juego. Si ellos tenían prisa, él tenía aún más.
En el Consulado, algunos le advirtieron: “¡Tenga cuidado con lo que le pueda suceder!” Pero él no les prestaba atención y continuaba entregando visados, perdiendo la cuenta de las personas a las que ya había salvado. ¿Habrán sido diez mil, quince mil o treinta mil? Nadie lo sabe exactamente. Lo que se sabe es que llegaron a Lisboa y que después fueron encaminados a ciudades como Estoril, Ericeira, Figueira da Foz o Caldas da Rainha.
Más tarde, la mayoría pudo partir rumbo a países donde había libertad. Algunos volvieron a su tierra natal cuando terminó la guerra, otros nunca más la quisieron ver porque no podían olvidar los momentos de sufrimiento y de pérdida.
Tres días fueron suficientes para que el cónsul Arístides de Sousa Mendes abriera las puertas a la libertad a miles de personas, desobedeciendo a Salazar y al régimen por él encabezado. Por ello, fue enseguida excluido de la carrera diplomática y prohibido de ejercer cualquier actividad profesional.
Murió en la pobreza en 1954, con los hijos dispersos por países como Estados Unidos, donde pudieron estudiar y seguir sus carreras. Un caluroso día de junio de 1940, en el centro de Lisboa, un niño rubio les preguntó a sus padres, mientras estos buscaban una pensión o un hotel donde poder instalarse hasta comprar los pasajes de avión o de barco a Nueva York:
–¿Cómo se llama aquel señor que en Burdeos nos dio los visados para que pudiéramos venir a este país?
Y su padre, apenas conteniendo las lágrimas de emoción, le respondió:
–Se llama héroe, hijo. Quien hace lo que él ha hecho por nosotros solo puede tener ese nombre.
Todavía no se ha hecho una película sobre esta historia verídica, como la que Steven Spielberg hizo sobre Oskar Schindler, pero puede ser que alguien la filme un día. Nunca es demasiado tarde para celebrar las hazañas de los héroes. En aquellas noches calurosas de junio de 1940, había en Burdeos un portugués que no podía dormir.
No podía quitarse de la memoria el dolor de los niños que querían ver abrirse la puerta que las dejara seguir camino hacia la libertad. Esa puerta se abrió y por ella pasó un resplandor de luz que dibujó en el negro terciopelo del cielo, entre las estrellas, la hermosa palabra “esperança”, escrita así, en portugués, como esta historia verdadera que siempre vale la pena contar y volver a contar. ¿Y por qué?
Porque siempre es posible que la tragedia vuelva a suceder, en el lugar y el momento menos pensados

Fuente: http://www.encuentos.com/cuentos-para-padres/el-hombre-que-no-tenia-mas-sueno/

sábado, 20 de abril de 2013

EL ELEFANTE Y LOS SEIS SABIOS

Érase una vez seis hombres sabios que vivían en una pequeña aldea. Los seis sabios eran ciegos. Un día alguien llevó un elefante a la aldea. Los seis sabios buscaban la manera de saber cómo era un elefante, ya que no lo podían ver.
"Ya lo sé", dijo uno de ellos. "¡Palpémoslo!". "Buena idea", dijeron los demás. "Ahora sabremos como es un elefante". Así, los seis sabios fueron a "ver" al elefante. El primero palpó una de las grandes orejas del elefante. La tocaba lentamente hacia adelante y hacia atrás. "El elefante es como un gran abanico", gritó el primer hombre. El segundo tanteó las patas del elefante. "Es como un árbol", exclamó. "Ambos estáis equivocados", dijo el tercer hombre. "El elefante es como una soga". Éste le había examinado la cola.
Justamente entonces el cuarto hombre que examinaba los finos colmillos, habló:
"El elefante es como una lanza".
"No, no", gritó el quinto hombre. "Él es como un alto muro", había estado palpando el costado del elefante. El sexto hombre tenía cogida la trompa del elefante.
"Estáis todos equivocados", dijo. "El elefante es como una serpiente". "No, no, como una soga".
"Serpiente".
"Un muro".
"Estáis equivocados".
"Estoy en lo cierto".
Los seis hombres se ensalzaron en una interminable discusión durante horas sin ponerse de acuerdo sobre cómo era el elefante.
Probablemente esta historia te ha hecho sonreír, ya que, ¿Cuál es el problema? ¡Eso es! Cada hombre podía "ver" en su mente sólo lo que podía sentir con sus manos. Como resultado cada uno se reafirmaba en que el elefante era como él lo sentía. Ninguno escuchaba a los demás.
Esos hombres estaban inmersos en un conflicto basado en la percepción (lo que creían "ver").
Afortunadamente su conflicto no tuvo un final violento. Aunque, desafortunadamente todavía no saben como son los elefantes.
El conflicto es tan viejo como la historia misma. El ser humano siempre ha intentado conocer su mundo y comunicarse con los demás. Aunque esto no es fácil ya que no todas las personas ven los problemas de la misma forma. Si lees este viejo cuento de la India descubrirás una de las causas de la falta de entendimiento entre las personas.

Publicado en http://cuentosdelcole.blogspot.mx/search/label/El%20Elefante%20%20y%20los%20seis%20ciegos

miércoles, 6 de marzo de 2013

LA HORMIGUITA VICKY


Había Una vez una hormiga que no quería trabajar. Vicky prefería mirarse las patitas, jugar y correr. Cualquier excusa era buena para no trabajar. Sin embargo se aburría mucho porque no tenía con quien jugar, las otras hormigas, preferían trabajar cuando había que hacerlo, y jugar cuando llegaba la hora de jugar.

Un día en que Vicky se había ido al bosque, llegó al hormiguero, un hada hormiga voladora. Este hada explico al grupo, que estaba buscando la mejor hormiga del mundo, y que para ello iba a hacer un concurso, Cada hormiga, podría acumular puntos, si trabajaba, cuando fuera la hora de trabajar, jugaba en el momento oportuno, y si también tenía muchos amigos. El hada vigilaría el desarrollo del concurso

Así, las hormigas se pusieron a trabajar, porque cada una de ellas sabía, que podía ganar.

Parecían infatigables, sus finas patas estaban siempre en movimiento, no sentían el cansancio ni los calambres.

Cuando Vicky regresó al hormiguero, encontró que había mucho trajín. Nadie le habló, no había tiempo. Todas las hormigas cantaban, sonreían, y transportaban provisiones. Ella se sintió un poco aislada. Al atardecer, por fin, logró saber lo que pasaba y porqué todo el mundo estaba tan agitado.

Entonces se dijo, que quería ganar el concurso y, sobre todo que era capaz de ganarlo.

Desde el día siguiente, nuestra hormiga acompañó a las otras al trabajo. Al principio sus patitas se cansaron mucho porque Vicky, no estaba acostumbrada a jornadas tan largas.

Sin embardo, no se desanimó, pues quería ganar el concurso y convertirse en la mejor hormiga del mundo.

Trabajó cuando debía trabajar y jugó cuando era el momento de jugar. Consiguió muchos amigos porque estaba siempre contenta y era muy agradable trabajar con ella.

Luego llegó el momento de la gran final. Todas las hormigas inscriptas en el concurso, estaban ansiosas. Finalmente el hada hormiga voladora, nombró a la ganadora:

-“Por haberse esforzado mucho, y haber mejorado su rendimiento, nombro ganadora a la hormiga Vicky”-

Todos aplaudieron. ¡Se sentía tan contenta y orgullosa de si misma! El hada , le entregó un certificado y también un secreto.

El hada le dijo: “Serás siempre muy trabajadora, y cuando sientas que tus patitas están cansadas, o te falta ánimo, harás tres respiraciones profundas, y entonces te envolverá una nube azul, que te dará fuerzas y el valor que necesites para continuar. Solo tu podrás ver esa nube. De este modo, seguirás siendo la mejor hormiga del mundo”
 
Michel Dufour

viernes, 2 de noviembre de 2012

Piero el magnífico

Desde que era un pavo real muy pequeño, veía al tío Cachu pasearse por nuestro territorio como si estuviera en su casa. Conocía a mis papás desde hacía mucho tiempo y ellos le tenían una confianza absoluta. Vivía muy cerca de nuestra casa, por lo que era natural que él me cuidara y se hiciera cargo de mi seguridad cuando mamá y papá debían ausentarse.
El tío Cachu era un pavo real al que todos admiraban y respetaban, y lo que él decía jamás se ponía en duda.
Al principio nos entendíamos bien y nos divertíamos mucho. Me llevaba a la orilla del río y nos echábamos al agua. A veces se pavoneaba con su extraordinaria cola y ésta resplandecía con mil destellos bajo los rayos del sol. También le gustaba mucho que yo extendiera mi cola como abanico; decía que mi plumaje le parecía admirable.
Como le tenía mucha confianza, era normal que lo complaciera aceptando hacerle los pequeños mimos que él me pedía. Decía que lo que hiciéramos juntos debía ser un secreto entre nosotros y que yo no debía contárselo a nadie.
Después, sus peticiones eran cada vez más insistentes y, en cuanto estábamos solos, me pedía que intercambiáramos diferentes caricias que no me gustaban. Me decía que si yo le contaba algo de esto a alguien me iba a arrepentir, porque podía ocurrir una desgracia terrible.
Tenía mucho miedo y me sentí demasiado culpable para decírselo a alguien.
Luego, cada vez que me negaba a someterme a sus exigencias, me obligaba a hacerlo arrancando las plumas de mi cola. Esto me dolía mucho, pero nadie se daba cuenta porque no me atrevía a extenderla.
Tampoco me atrevía a decírselo a mis papás, porque pensaba que nunca iban a creerme.
Estaba avergonzado de mí mismo y me sentía malo. Cuando me paseaba en el bosque, tenía la impresión de que todos los animales me miraban con un aspecto acusador.
Estaba muy triste y, cuando mi padre me preguntaba si tenía algún problema, le respondía que no, que todo estaba muy bien. Por la noche me costaba mucho trabajo dormirme y a menudo me sentía enfermo.
Además, mis amigos me rehuían porque no siempre los trataba bien. Me sentía descorazonado y no sabía qué hacer.
Un día estaba llorando en silencio al pie de un inmenso abeto cuando me sorprendió percibir junto a mí a la paloma Lumina, a la que todos apreciaban por su sabiduría. La paloma se dirigió a mí con estas palabras: “Pareces estar sufriendo mucho”.
Desesperado, me puse a llorar y terminé contándole los detallas de la tragedia que vivía.
“Me entristece mucho lo que te sucede”. Dijo Lumina, “pero tú no tienes la culpa. El único responsable en todo esta historio es Cachu. Has hecho bien en decírmelo y te admiro porque se necesita mucho valor para hacerlo. Ahora voy a hacer algo para ayudarte y protegerte. Quédate aquí”, dijo, “aquí estás seguro; luego vendré a buscarte.”
Y levantó el vuelo.
Después supe que fue a contarles toda la historia a mis padres. No es necesario decir que mi padre se encolerizó mucho y que el tío Cachu fue expulsado para siempre del territorio familiar. Nunca más lo volví a ver, pero escuché decir que recibió un castigo severo por su mal comportamiento.
La paloma volvió a buscarme con mi mamá y mi papá y al ver la compasión en sus ojos supe inmediatamente que no estaban enojados conmigo. Me dijeron más o menos lo mismo que me había dicho Lumina y me abrazaron muy fuerte.
Sin embargo, la pesadilla no terminó ahí. Con frecuencia me sentía mal y estaba triste. Por fortuna mis padres me animaban y Lumina era muy buena conmigo. Le conté muchas otras veces lo que viví y ella me daba consejos muy útiles.
Poco a poco fui recuperando la seguridad en mí mismo y la confianza de mis amigos. Las plumas de mi cola crecieron de nuevo y mi plumaje volvió a ser sedoso y bello.
Sentí nuevamente la alegría de vivir, que creía desaparecida para siempre, y ahora estoy aprendiendo a vivir con esta herida interior que poco a poco se va sanando.
Creo que, finalmente, lo que me pasó me ayudó a “crecer” internamente.
El año siguiente, después del desfile tradicional de los pavos reales, me apodaron Piero el magnifico por el brillo del plumaje de mi cola.
 
 Dufour M., “Cuentos para crecer y curar”. España, Editorial Sirio. Págs.173- 175


 

viernes, 24 de agosto de 2012

CUENTO PARA CRECER